10 de abril de 2007

Había una vez, en un Edén- San Pablo...

Los chasquidos de las monedas cayéndo sobre otras monedas colocadas en fundas encima de platillos negros despierta a la mujer del tercer asiento para mirar de donde proviene el sonido.
Una mujer, que debe ya haber pasado de su época menopaúsica es la causante de que las monedas que le entregan las personas vayan cayendo ruidosamente sobre otras monedas antes dispuuestas ahi. Que después saldrán y se dispondrán en grupos desiguales pero formando el mismo valor, sobre una franela roja, que ayuda a la mujer devolver cierta cantidad de monedas a la persona que entregó dinero de más.

El bus va de apuro. La señora frunce el ceño cada vez que un semáforo detiene a su bestia azul. Mira a quien lo va manejando (de seguro es su marido... la mujer del tercer asiento, la ha visto antes, y hay veces en que el hombre que va manejando es considerablemente menor a la mujer, y ella supone que ese es su hijo...) y le pide que no pare si no en las respectivas "paradas". El hombre hace caso omiso del pedido de la mujer, y continúa haciéndo rugir a su máquina... (es una máquina nueva... Hace años ellos iban en un bus un poco destartalado, de asientos comodísimos y vidrios oscuros... En ese entonces, quien la mujer del tercer asiento cree es el hijo de esta mujer, no manejaba el bus...)

Un ruido más fuerte inunda el aire. El hombre que va manejando se ha contagiado del apuro de la mujer y empieza a hacer sonar el claxon de su juguete nuevo. Insulta a través de este sonido repetitivo y casi hasta neurótico a un pequeño auto gris que se ha estacionado frente a el, y que está dejándo a uno de sus pasajeros en la universidad.
Debe sentirse poderoso... Antes viajaba en un bus destartalado, y ahora tiene a esta nueva máquina azul, que no anda terremoteando por las calles, no tiembla al caminar, y no suena al frenar. En donde entran más personas, y en el cual es permitido que lleve a cuantos pasajeros de pie puedan entrar en su gran azulidad. El letrero que avisa a que compañía pertenece, es luminoso, y se puede divisar cuadras antes....

La mujer del tercer asiento mira de nuevo a la mujer que está encargada de las finanzas del bus. Y recuerda todas las veces que viajó en su antiguo bus blanco con rojo y de vidrios oscuros. Recuerda siempre haber admirado la gentileza que tenía la mujer para responder al "gracias" que la del tercer asiento siempre le decía al culminar su largo viaje de casi cuarenta minutos.
Veía como con los años, esta mujer había adquirido el capital para poder costearse un nuevo bus, y cuando lo montó por primera vez, se sntió feliz de que a esa familia le haya ido tan bien en un negocio tan importante como es la transportación urbana.

Pero ahora veía a la mujer cambiada... La veía llena de capital, pero vacía de gentileza. El estres de estar viajando por horas en el mismo recorrido ida-vuelta-vuelta-ida-vuelta-vuelta-ida interminable la tenía cansada...

Seguramente esta noche regresará a casa, con las manos sucias de tantas monedas que ha manipulado durante el día, las rodillas adoloridas de tantas horas de estar sentada, y serios problemas de espalda... Es comprensible que haya dejado la gentileza... La monotonía hace infeliz a la gente...

La mujer del tercer asiento llega a su destino, se baja... Y se olvida de decir "gracias"

3 comentarios:

Ludovico dijo...

Lo que sucede en uno de nustros ataudos rodantes :p

Atrapasueños dijo...

y a poco la mujer del 3er. asiento eres vos... andaaaa!!!!

LA Gaby dijo...

y quien más pues?